Tarde de invierno, pero sólo el calendario lo recordaba. Como esas indefinidas tardes de vacaciones. Con un débil sol entibiando el alma, unas ansias antiguas de recorrer distancias y aspirar aire nuevo, para reanimar el cuerpo cansado y darle aliento a mi existencia…
Uno de esos momentos especiales, que necesitan tratamientos especiales. De esos que se repiten a cada tanto y que remueven las fibras lánguidas del corazón. Recuerdos de momentos ya idos, pero que dejaron a su paso profundas huellas , pero tiernas, como suaves plumones amarillos, eternizados en el cofre de la memoria .
Sin destino alguno, iba manejando mi “cachorro” como llamaba a mi pequeño autito. Se deslizaba como abandonándome a mis sueños. El asfalto negro y caliente insaciable parecía devorar las distancias…
Miré el velocímetro – 70 km/h, ritmo ideal para deleitarme con el paisaje, llenar mis pulmones del oxígeno verde y fresco e incentivar mi imaginación, que me permitía en ese momento, volver a acurrucarme mimosa en el regazo de mamá. Sólo que esta vez
la realidad era otra; ella no estaba para recibirme.
Esta soledad repetida era tan especial y tan mía.
El sol en el poniente lejano, pintaba de rojo fuego el ocaso, invitándome a seguir eternamente hacia adelante, hasta encontrar aquel preciso lugar donde se unen el cielo y la tierra.
Sacudiendo la cabeza, volví a la realidad, sabía que era hora de regresar a casa, pero mis pies estaban adheridos al acelerador y la ruta caprichosa seguía corriendo subyugante en sentido contrario, volviéndose cada vez más negra, cada vez más vieja…
Detuve el coche con pereza, a la vera del camino, sin ganas me disponía a regresar entonces aparecieron aquellas estrellitas transparentes en el parabrisas, una tras otra y cada vez más menudas, La tarde se obscureció de golpe y la sombra me tomó entre sus brazos envolviéndome con su aliento tibio de tierra mojada y pasto verde.
Lentamente como vine, giré y volví para retomar el camino. Aquel sitio era hermoso y no podía dejar de disfrutarlo antes de partir. Di el último vistazo al bello paisaje… era como si la tarde no quisiera morir en aquel rincón del mundo.
La llovizna caía tranquila sobre el campo. Cerré las ventanillas, y un escalofrío recorrió mis venas, no sé si cambió el tiempo o si un duende pasó a mi lado.
Mi mente comenzó un viaje al pasado; ¿Cuánto tiempo había pasado desde aquella noche? Ya no lo recuerdo; pero todo es tan parecido! Los mismos sentimientos o parecidos; idénticas circunstancias y la misma llovizna tibia y mansa…
Recuerdos… la única diferencia es que la vez anterior yo iba sentada en el asiento contiguo -no manejaba como ahora- iba cerrando los ojos en callada oración, y él manejaba, veloz, como siempre, sin palabras.
Esa tarde el Doctor nos había entregado el resultado del análisis: positivo!
Y nada más escucharlo, nos dirigimos a Ka’akupe para dar gracias a la Virgen por el maravilloso regalo, después de seis años de espera, Una hija!
Recuerdo que caía la tarde cuando regresábamos por la serranía, en silencio como siempre, pero en íntima comunión, Los momentos vividos de inenarrable alegría y ternura, el ocaso rojizo y la suave brisa, hizo que cada cual penetrara en su interior y diera rienda suelta a sus sentimientos, que en aquel instante eran uno sólo. Conjugando ilusión y esperanza.
Recién, cuando el vidrio se llenó de estrellitas transparentes, como hoy, nos dimos cuenta que había comenzado llover y nos apresuramos a cerrar las ventanillas. Parecían tardes gemelas, pero separadas por treinta años de olvido.
Tardes en las que la ternura se apodera del alma y la envuelve con su manto de suave dulzura y tímida añoranza… Seguí corriendo…
Las primeras luces de la ciudad iban pasando veloces por el costado del camino. Se acabó la tarde, y se acabó el ensueño. Volví al presente recién cuando doblaba la esquina de mi destino final.
Ya casi llegaba a casa, y me dispuse a completar la jornada, Pasé por la confitería; tenía ganas de tomar una taza de chocolate caliente con facturas recién horneadas para recrear mi alma. El momento se prestaba para ello.
Dejé el auto en el garaje y entré a disfrutar del último momento de soledad y ternura. Preparé una mesa para dos, pero me senté sola y levantando la taza humeante y aromática, hice un brindis secreto con el pasado; era 10 de enero de un año cualquiera, lejano y nostálgico.
Guiñando un ojo al retrato desde donde Guille me sonreía, con una dulce sonrisa, vestida de gala en la noche de sus bodas de plata, le dije:
¡Felicidades mamá! Quiero que sepas que te quiero mucho y siempre te recuerdo con gran cariño.
Hoy agregué una rosa más a tu búcaro preterido y ya son doce. Tantas como los años de tu viaje al más allá, y sin embargo estás a mi lado como antes, como siempre.
Hoy como ayer sigo sintiendo la misma necesidad de tu regazo…
¡Feliz cump0leaños mamá!
sábado, 26 de junio de 2010
martes, 15 de junio de 2010
viernes, 2 de octubre de 2009
La torta de Pepito... Ninfa Duarte
Ayer fue el cumpleaños de Pepito, el gordito comilón del “pre”. Su mamá trajo bombones, galletitas, caramelos, las bolsitas de sorpresas. Globos, cornetas y pitos; un cubo de chocolate y cientos de bonetitos, ¡un cumpleaños de verdad!
El aula parecía una bañera llena de burbujas coloridas… los globos llenaban las pareces, las ventanas y hasta el techo. La fiesta estaba hermosa, con música y cantos.
Llegó su papá trayendo la torta; era de chocolate!!. La más hermosa torta que yo había visto en seis años!. Una cancha de futbol con once jugadores. La pelota era un bombón, que al bajar sobre la mesa desapareció en la boca de Pepito, por supuesto! y todo el mundo gritó gooooll!!, la risa fue general, la maestra comenzó el canto y todos la seguimos… Que lo cumplas feliz!! Un coro divino de pícaras voces, algo desentonado, pero lleno de risas sin dientes… bueno de verdad.
Al terminar la canción, la mami de Pepito repartió la torta y comenzó el festín. Todas las caritas inocentes mostrando manchitas marrones en sus mejillas. Rocío, la más pequeñita, tenía chocolate hasta por la oreja, sus manos, su uniforme y en la punta de la nariz; cuando Luisito la miró, estalló en carcajadas, todos los niños la apuntaban con sus deditos sucios y reían sin cesar,
Pepito se puso a observar dejando de lado su torta, que ya iba por la tercera porción. Todos teníamos la cara llena de manchas de chocolate y nos chupábamos los dedos tratando de limpiarlas; otros ensuciaban las mangas fregándose los labios y entre risas y carcajadas, fue pasando la hora.
Abundaban las cachadas, cuando llegó la mamá de Juani y comenzó el sermón: ¡cómo te ensuciaste tanto? … Mira tus manos roñosas!... qué cara tan sucia!... mira tu camisa!... y ta…ta…ta… ya verás cuando lleguemos a casa!… uff
Todos nos vimos de pronto en la misma situación y tratamos por todos los medios de limpiar esas manchitas rebeldes que estaban por todas partes, y cuando más lo intentábamos, ellas caprichosas se agrandaban y pasaban de un lugar a otro, como si se burlaran de nosotros. Iban llegando las mamás y las niñeras; todos los compañeros salían con la cara triste y los oídos llenos de amargos reproches.
Al fin me tocó el turno, vino a buscarme papá, cuando ya estaba acabando la fiesta, bajando mucho la cara y con las manos metidas hasta el fondo del bolsillo, me presenté muy sumiso. Hola papi… Él se paró en la puerta, pegó un vistazo al aula que estaba quedando vacía de niños, pero llena de desperdicios; un verdadero revoltijo de cosas.
Con una mano muy suavemente me tomó de la barbilla, levantó mi rostro hasta mirarme a los ojos… vi en los suyos el asombro; abrió grande los ojos, se calló un instante tratando de identificar los mapas que había dibujado en mi rostro el chocolate, y estalló en carcajadas.
Al fin pude respirar! Mi papito se acordó que él pasó por lo mismo cuando cumplió seis años… y no pudo regañarme. Nos pusimos de acuerdo, y fuimos a casa de abuelita para borrar los vestigios de tan hermosa fiestita.
Llegamos tarde a casa ese día llevándole a mamá una caja de bombones y por encima del hombro, papá me guiñó un ojo. Nuestro pacto quedó sellado, mamá nunca sabría el secreto de la torta de Pepito, porque yo, de puntillas, por detrás del abrazo de papá. Dirigí mis pasos hasta el cuarto, rápido como un rayo, me despojé del guardapolvo y con la mejor de mis sonrisas se lo entregué a Mary para que lo lavara.
Ya vestido de otro modo, regresé el cuarto de costuras, donde mamá daba puntadas y canturreaba despacito; estampé un beso en la mejilla de mami y con una candidez “insoportable”, suavecito balbucí: me das un chocolate mami?
El aula parecía una bañera llena de burbujas coloridas… los globos llenaban las pareces, las ventanas y hasta el techo. La fiesta estaba hermosa, con música y cantos.
Llegó su papá trayendo la torta; era de chocolate!!. La más hermosa torta que yo había visto en seis años!. Una cancha de futbol con once jugadores. La pelota era un bombón, que al bajar sobre la mesa desapareció en la boca de Pepito, por supuesto! y todo el mundo gritó gooooll!!, la risa fue general, la maestra comenzó el canto y todos la seguimos… Que lo cumplas feliz!! Un coro divino de pícaras voces, algo desentonado, pero lleno de risas sin dientes… bueno de verdad.
Al terminar la canción, la mami de Pepito repartió la torta y comenzó el festín. Todas las caritas inocentes mostrando manchitas marrones en sus mejillas. Rocío, la más pequeñita, tenía chocolate hasta por la oreja, sus manos, su uniforme y en la punta de la nariz; cuando Luisito la miró, estalló en carcajadas, todos los niños la apuntaban con sus deditos sucios y reían sin cesar,
Pepito se puso a observar dejando de lado su torta, que ya iba por la tercera porción. Todos teníamos la cara llena de manchas de chocolate y nos chupábamos los dedos tratando de limpiarlas; otros ensuciaban las mangas fregándose los labios y entre risas y carcajadas, fue pasando la hora.
Abundaban las cachadas, cuando llegó la mamá de Juani y comenzó el sermón: ¡cómo te ensuciaste tanto? … Mira tus manos roñosas!... qué cara tan sucia!... mira tu camisa!... y ta…ta…ta… ya verás cuando lleguemos a casa!… uff
Todos nos vimos de pronto en la misma situación y tratamos por todos los medios de limpiar esas manchitas rebeldes que estaban por todas partes, y cuando más lo intentábamos, ellas caprichosas se agrandaban y pasaban de un lugar a otro, como si se burlaran de nosotros. Iban llegando las mamás y las niñeras; todos los compañeros salían con la cara triste y los oídos llenos de amargos reproches.
Al fin me tocó el turno, vino a buscarme papá, cuando ya estaba acabando la fiesta, bajando mucho la cara y con las manos metidas hasta el fondo del bolsillo, me presenté muy sumiso. Hola papi… Él se paró en la puerta, pegó un vistazo al aula que estaba quedando vacía de niños, pero llena de desperdicios; un verdadero revoltijo de cosas.
Con una mano muy suavemente me tomó de la barbilla, levantó mi rostro hasta mirarme a los ojos… vi en los suyos el asombro; abrió grande los ojos, se calló un instante tratando de identificar los mapas que había dibujado en mi rostro el chocolate, y estalló en carcajadas.
Al fin pude respirar! Mi papito se acordó que él pasó por lo mismo cuando cumplió seis años… y no pudo regañarme. Nos pusimos de acuerdo, y fuimos a casa de abuelita para borrar los vestigios de tan hermosa fiestita.
Llegamos tarde a casa ese día llevándole a mamá una caja de bombones y por encima del hombro, papá me guiñó un ojo. Nuestro pacto quedó sellado, mamá nunca sabría el secreto de la torta de Pepito, porque yo, de puntillas, por detrás del abrazo de papá. Dirigí mis pasos hasta el cuarto, rápido como un rayo, me despojé del guardapolvo y con la mejor de mis sonrisas se lo entregué a Mary para que lo lavara.
Ya vestido de otro modo, regresé el cuarto de costuras, donde mamá daba puntadas y canturreaba despacito; estampé un beso en la mejilla de mami y con una candidez “insoportable”, suavecito balbucí: me das un chocolate mami?
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Sueño de amor de Liszt... Ninfa Duarte

Se deslizaban perezosamente mis dedos sobre el teclado amarillo de viejo marfil… “Sueño de amor de Liszt” en mis recuerdos, tristona; mientras yo cerraba los ojos y recorría mi vida en ráfagas de añoranza de aquellos momentos dulces al lado de mi madre.
Los años de la infancia y la juventud, vividos plenamente con mis padres y mis hermanos. Una casa donde la palabra de mamá era lección, remedio, caricia y a la vez amiga incondicional, en las buenas y en las malas, con los chicos y los grandes; y papá el apoyo permanente y palabra decisiva al lado de mamá, para dar fuerza a todo lo que ella decidía. Una amalgama de cariño y fuerza, dulzura y sostén.
Ella era el eje de nuestras vidas, todo giraba en torno suyo. Nos envolvía en un lazo amoroso e indestructible, que la tornaba imprescindible a todos. La gran mamá!
Apretaba la sordina para que las notas no se escaparan por las ventanas, las quería adentro, muy íntimas, solo para los dos… papá y yo. Quería inundar nuestras almas de música para aplacar el dolor que nos embargaba desde la muerte de mamá.
Cada vez que llegaba al “trino”, tenía que repetir, porque tropezaban mis dedos; muchas veces sucedió así. Como si estuviera viendo la media sonrisa de papá cuando me decía “ese es el trozo que más me gusta”. Pienso que lo hacía para que yo no me sintiera tan mal por los repetidos errores.
Él escuchaba una y otra vez con la vista perdida en algún lugar lejano del horizonte, mientras balanceaba suavemente su cuerpo en la mecedora. Eran momentos muy suaves e intensos a la vez, pero muy tristes.
Mozart, Chopin, Beethoven, se paseaban todas las tardes por la amplia sala de la casa paterna, para entronizar la tristeza en nuestros corazones y poner crespones negros por las ventanas, al tiempo que pintaban las paredes con suaves sonatas y rapsodias, con dulces preludios o complicadas sinfonías, que muchas veces fueron cortadas por las lágrimas.
Desde hacía tres meses, todos los atardeceres eran idénticos. Como si quisiéramos eternizar un tiempo que se deslizaba de nuestras manos y estaba cada vez más lejano, pero no por ello, menos doloroso.
La añoranza se viste, muchas veces, con trajes increíbles y extravagantes, como éste que vivíamos cada tarde mi padre y yo.
Nos habíamos quedado tan tristes cuando ella falleció, que optamos por refugiarnos en el teclado cada tarde para ahogar la añoranza… más ésta flotaba.
Mi hermano nos visitaba algunas tardes, pero siempre se despedía diciendo: no pueden seguir así. Ni siquiera a mamá le hubiera gustado lo que está pasando con ustedes. Tienen que tratar de superarlo.
Hasta que llegó el verano, y con él, las vacaciones. Un día, sin haberlo pensado mucho, sucedió algo muy bueno; la invitación surgió de parte de mi hermano y su familia. Los niños terminaron por convencer a papá. Laurita, la más pequeña, se trepaba en sus rodillas y le llenaba de besos mientras repetía: di que si abuelito?... di que si?? Hasta que papá cedió.
Nos trasladamos a Ca’acupé, a la vieja casa de campo de la familia. Los primeros días estuvimos muy ocupados, limpiando y arreglando cosas. Salíamos de compras con mi hermano y sus hijos, mientras papá visitaba a los vecinos y amigos. En fin, el trajín nos hizo olvidar de la rutina.
Terminábamos el día, cansados, laxos y ya sólo pensábamos en dormir, En ningún momento sentí deseos de acercarme al piano, es más, papá no me lo pidió desde que llegamos. Esa es una buena señal, me dijo un día Víctor, mi hermano.
Sentí un alivio, ya que aquella rutina no constituía una cura para el corazón, dolorido de papá, y tampoco lo era para mi; pero me había acostumbrado a ella y me costaba abandonarla.
Llegó el cumpleaños de papá y mi hermano le regaló una hermosa caja con caballitos de marfil, “un juego de ajedrez”. Papá quedó muy feliz y desde ese día nos turnábamos para tratar de ganarle el juego, pero nadie lo había conseguido. Los chicos le llamaban “campeón”, y él por primera vez después de mucho tiempo, reía con ganas. El tratamiento estaba dando buenos resultados. El ánimo de papá estaba cambiando notablemente.
Una tarde se acercó mi hermano y me dijo: ya las vacaciones están terminando, una cosa quiero pedirte, por tu bien y el de papá. Cuando regresemos a Asunción, no empieces de nuevo con aquella rutina de los conciertos vespertinos. Puede convertirse en una obsesión y después será más difícil volver atrás. Papá está mucho mejor y mamá te lo agradecerá, piénsalo.
Siguió a sus palabras, un largo silencio, interrumpido los Laurita que entraba corriendo a la sala seguida por su hermanito y gritándome: tía… tía… Luis me quiere pegar!
Era el empujón que faltaba, yo entré en razón, al darme cuenta que en la vida había muchas cosas en torno mío indicándome que ella continúa su rumbo y que tenía cosas importantes en que ocupar mi tiempo. Tomé en brazos a Laury y salí con ella al patio, donde comencé a planear ni vida y la de papá de tal modo que no sobrara aquel momento libre por las tardes.
Después de aquellas vacaciones, nuestras vidas siguieron muy unidas, pero tomaron un rumbo diferente; todo cambió para bien. El recuerdo de mamá era algo que no podríamos ocultar, pero se volvió tranquilo y tierno. Ya había tomado su sitio dentro de nuestras vidas.
Hasta mi hermano y su familia sintieron la diferencia, porque las visitas menudearon y nuestras relaciones mejoraron muchísimo. Papá consiguió un compañero de juego para desquitarse en el ajedrez; un vecino a quien tenía un aprecio muy especial y con el que se pasaban tardes enteras compitiendo. Una verdadera tabla de salvación.
Ahora sólo me acerco al piano cuando en las tardes lluviosas la nostalgia golpea a mis puestas y se desliza hasta acomodarse entre las teclas del viejo piano. Pero, el recuerdo de mamá sólo se pasea entre nosotros y luego se va a ocupar el lugar de las memorias más bellas de nuestras vidas. Y desde allí nos envía una hermosa sonrisa de aprobación.
Hasta los recuerdos más queridos tienen su dosis de dolor antes de instalarse donde vivirán para siempre.
Los años de la infancia y la juventud, vividos plenamente con mis padres y mis hermanos. Una casa donde la palabra de mamá era lección, remedio, caricia y a la vez amiga incondicional, en las buenas y en las malas, con los chicos y los grandes; y papá el apoyo permanente y palabra decisiva al lado de mamá, para dar fuerza a todo lo que ella decidía. Una amalgama de cariño y fuerza, dulzura y sostén.
Ella era el eje de nuestras vidas, todo giraba en torno suyo. Nos envolvía en un lazo amoroso e indestructible, que la tornaba imprescindible a todos. La gran mamá!
Apretaba la sordina para que las notas no se escaparan por las ventanas, las quería adentro, muy íntimas, solo para los dos… papá y yo. Quería inundar nuestras almas de música para aplacar el dolor que nos embargaba desde la muerte de mamá.
Cada vez que llegaba al “trino”, tenía que repetir, porque tropezaban mis dedos; muchas veces sucedió así. Como si estuviera viendo la media sonrisa de papá cuando me decía “ese es el trozo que más me gusta”. Pienso que lo hacía para que yo no me sintiera tan mal por los repetidos errores.
Él escuchaba una y otra vez con la vista perdida en algún lugar lejano del horizonte, mientras balanceaba suavemente su cuerpo en la mecedora. Eran momentos muy suaves e intensos a la vez, pero muy tristes.
Mozart, Chopin, Beethoven, se paseaban todas las tardes por la amplia sala de la casa paterna, para entronizar la tristeza en nuestros corazones y poner crespones negros por las ventanas, al tiempo que pintaban las paredes con suaves sonatas y rapsodias, con dulces preludios o complicadas sinfonías, que muchas veces fueron cortadas por las lágrimas.
Desde hacía tres meses, todos los atardeceres eran idénticos. Como si quisiéramos eternizar un tiempo que se deslizaba de nuestras manos y estaba cada vez más lejano, pero no por ello, menos doloroso.
La añoranza se viste, muchas veces, con trajes increíbles y extravagantes, como éste que vivíamos cada tarde mi padre y yo.
Nos habíamos quedado tan tristes cuando ella falleció, que optamos por refugiarnos en el teclado cada tarde para ahogar la añoranza… más ésta flotaba.
Mi hermano nos visitaba algunas tardes, pero siempre se despedía diciendo: no pueden seguir así. Ni siquiera a mamá le hubiera gustado lo que está pasando con ustedes. Tienen que tratar de superarlo.
Hasta que llegó el verano, y con él, las vacaciones. Un día, sin haberlo pensado mucho, sucedió algo muy bueno; la invitación surgió de parte de mi hermano y su familia. Los niños terminaron por convencer a papá. Laurita, la más pequeña, se trepaba en sus rodillas y le llenaba de besos mientras repetía: di que si abuelito?... di que si?? Hasta que papá cedió.
Nos trasladamos a Ca’acupé, a la vieja casa de campo de la familia. Los primeros días estuvimos muy ocupados, limpiando y arreglando cosas. Salíamos de compras con mi hermano y sus hijos, mientras papá visitaba a los vecinos y amigos. En fin, el trajín nos hizo olvidar de la rutina.
Terminábamos el día, cansados, laxos y ya sólo pensábamos en dormir, En ningún momento sentí deseos de acercarme al piano, es más, papá no me lo pidió desde que llegamos. Esa es una buena señal, me dijo un día Víctor, mi hermano.
Sentí un alivio, ya que aquella rutina no constituía una cura para el corazón, dolorido de papá, y tampoco lo era para mi; pero me había acostumbrado a ella y me costaba abandonarla.
Llegó el cumpleaños de papá y mi hermano le regaló una hermosa caja con caballitos de marfil, “un juego de ajedrez”. Papá quedó muy feliz y desde ese día nos turnábamos para tratar de ganarle el juego, pero nadie lo había conseguido. Los chicos le llamaban “campeón”, y él por primera vez después de mucho tiempo, reía con ganas. El tratamiento estaba dando buenos resultados. El ánimo de papá estaba cambiando notablemente.
Una tarde se acercó mi hermano y me dijo: ya las vacaciones están terminando, una cosa quiero pedirte, por tu bien y el de papá. Cuando regresemos a Asunción, no empieces de nuevo con aquella rutina de los conciertos vespertinos. Puede convertirse en una obsesión y después será más difícil volver atrás. Papá está mucho mejor y mamá te lo agradecerá, piénsalo.
Siguió a sus palabras, un largo silencio, interrumpido los Laurita que entraba corriendo a la sala seguida por su hermanito y gritándome: tía… tía… Luis me quiere pegar!
Era el empujón que faltaba, yo entré en razón, al darme cuenta que en la vida había muchas cosas en torno mío indicándome que ella continúa su rumbo y que tenía cosas importantes en que ocupar mi tiempo. Tomé en brazos a Laury y salí con ella al patio, donde comencé a planear ni vida y la de papá de tal modo que no sobrara aquel momento libre por las tardes.
Después de aquellas vacaciones, nuestras vidas siguieron muy unidas, pero tomaron un rumbo diferente; todo cambió para bien. El recuerdo de mamá era algo que no podríamos ocultar, pero se volvió tranquilo y tierno. Ya había tomado su sitio dentro de nuestras vidas.
Hasta mi hermano y su familia sintieron la diferencia, porque las visitas menudearon y nuestras relaciones mejoraron muchísimo. Papá consiguió un compañero de juego para desquitarse en el ajedrez; un vecino a quien tenía un aprecio muy especial y con el que se pasaban tardes enteras compitiendo. Una verdadera tabla de salvación.
Ahora sólo me acerco al piano cuando en las tardes lluviosas la nostalgia golpea a mis puestas y se desliza hasta acomodarse entre las teclas del viejo piano. Pero, el recuerdo de mamá sólo se pasea entre nosotros y luego se va a ocupar el lugar de las memorias más bellas de nuestras vidas. Y desde allí nos envía una hermosa sonrisa de aprobación.
Hasta los recuerdos más queridos tienen su dosis de dolor antes de instalarse donde vivirán para siempre.
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viernes, 28 de agosto de 2009
Carta a mi padre... Ninfa duarte

En tu recuerdo querido papá y como homenaje póstumo, estoy tratando de pegar en estas páginas, los trocitos esparcidos de un pasado que no termina, a pesar del tiempo implacable y el olvido que acecha en cada esquina.
Este será un bosquejo del retrato de “Tata”, simplemente; amigo y compañero, poseedor de una dignidad sin aspavientos; sencillo, noble y generoso. Así es como te veo siempre. Estas son letras que nunca leerás, pero que servirán para reunirnos y recordarte con ese infaltable moñito negro al cuello o el pañuelo de seda en el invierno, acompañando tu risa franca y abierta, contagiosa, de quien aprendió, andando la vida, a aplastar sus desengaños con limpias carcajadas.
Son mis palabras unidas a las tuyas las que irán mostrando al mundo el perfil de “Un hombre-amigo”, que fue mi padre, pepitas que como pequeñas estrellas remedando lámparas de ninfas lloronas, irán buscando en la oscuridad de mil memorias, atisbos del pasado, para traerlos hasta este presente de orgullo filial y herencia de justicia; de noblezas y recuerdos mojados en llanto.
En estos días, papá, he estado apartando recortes que te nombran y me sonríes desde las páginas amarillas de viejos periódicos; sobre mi mesa de trabajo, te veo como unos años atrás y me acompañas en este sueño…
He decidido dictar Cátedra sobre Ciriaco, desde donde retumbará el eco de tu lucha en bien de la clase obrera paraguaya y te desbordarás (como lo hacías) impetuoso y libre cual manantial inagotable, en palabras que estoy aprendiendo a pronunciar.
El día que callaron las sonatas del viejo piano de nuestro humilde hogar y se vistieron de luto las corcheas… ese día tu voz enérgica se elevó por sobre los silencios para dictarme palabras con que construir este retrato hecho de recuerdos a medida que se iban hilvanando las estrellas… entonces, mis ojos se aguaron y me obligaron a esperar.
En estas entrevistas, que hoy vuelven a mi, muestras tu estirpe de caballero y tu elegancia de expresiones justas, prudentes, pero directas y contundentes, mientras se reviven momentos grandiosos que ya son parte de la historia.
¡Ciriaco, pese a quien pese… eres Historia!
“El viento arrastra las palabras sin dejar huellas” me decías, “Las verdades debemos gritarlas mirando de frente, olvidando los tiempos de miedos callados, aunque nos lleguen muy delgadas las brisas de justicia”…
¡Cómo olvidar estas enseñanzas papá? Por eso las estoy imprimiendo para resguardarlas del viento y el olvido.
Hoy mis palabras enredadas solo sirven para alimentar el fuego del amor familiar que venera tu nombre Ciriaco… porque hemos jurado contar a nuestros hijos, tus nietos, la medida del líder que fuiste en vida. No sé si lo lograré, pero intentarlo es para mi un desafío.
Te pido mil perdones por intentar minimizar tu imagen hasta convertirla en garabatos; mira sólo, papá, el gran amor de que van impregnadas y verás entrelíneas el mundo mágico y honrado que aprendí de ti.
Con amor
tu hija Ninfa

lunes, 3 de agosto de 2009
Barrilete al viento… Ninfa Duarte

Tarde calurosa y húmeda de llovizna impertinente; de las que me ponen frente al teclado para derramar palabras y ensuciar esta pantalla… dulce compañera!
Un tiempo atrás... y no recuerdo porqué circunstancia, escribí un poema al que le puse por Título: “Barrilete”.
Hoy estuve releyendo, dejándome llevar por los versos y volvió a mi “esa sensación de sentirme barrilete”. Es un simple montoncito de letras, casi sin importancia literaria o poética, pero es, como tantas, un exponerme en vivo llevada por mis sentires… Soy barrilete…
Los niños de mi tierra preparan sus barriletes con retazos de papeles coloridos; la llaman “pandorga” y una vez terminadas, corren con ella por los patios baldíos y las pandorgas levantan vuelo… Cuando están allá arriba el dueño de ese sueño, se sienta y no le saca los ojos de encima y sonríe… siempre sonríe.
Es una alegría inocente, es la concreción de un pequeño sueño… volar!!
Es como una corriente de simpatía entre el hombre y su creación; pero el pobre barrilete “juguete del viento” tiene que cabecear, dar coletas, subir a lo alto y de allí caer en picada… toda una odisea, tirada desde abajo por un cordón al que el niño da estirones o sede aflojando, según sus movimientos; y desde arriba: el viento, que viene del este y rota hacia el norte y luego viene del sur… en ariscos movimientos, nunca son voluntarios los movimientos del cometa…
Pobre barrilete! Sin voz para comunicarse, sin pies para ir donde él quisiera, sin manos para defenderse, sin poder decidir su propio camino, sin destino, sin futuro…”Juguete del viento”… juguete!
Hoy, que la llovizna está mojando la tarde, y deja mi alma sin voluntad de seguir… de nuevo siento esa terrible sensación de sentirme Barrilete…
Juguete del viento… juguete del destino…
Un tiempo atrás... y no recuerdo porqué circunstancia, escribí un poema al que le puse por Título: “Barrilete”.
Hoy estuve releyendo, dejándome llevar por los versos y volvió a mi “esa sensación de sentirme barrilete”. Es un simple montoncito de letras, casi sin importancia literaria o poética, pero es, como tantas, un exponerme en vivo llevada por mis sentires… Soy barrilete…
Los niños de mi tierra preparan sus barriletes con retazos de papeles coloridos; la llaman “pandorga” y una vez terminadas, corren con ella por los patios baldíos y las pandorgas levantan vuelo… Cuando están allá arriba el dueño de ese sueño, se sienta y no le saca los ojos de encima y sonríe… siempre sonríe.
Es una alegría inocente, es la concreción de un pequeño sueño… volar!!
Es como una corriente de simpatía entre el hombre y su creación; pero el pobre barrilete “juguete del viento” tiene que cabecear, dar coletas, subir a lo alto y de allí caer en picada… toda una odisea, tirada desde abajo por un cordón al que el niño da estirones o sede aflojando, según sus movimientos; y desde arriba: el viento, que viene del este y rota hacia el norte y luego viene del sur… en ariscos movimientos, nunca son voluntarios los movimientos del cometa…
Pobre barrilete! Sin voz para comunicarse, sin pies para ir donde él quisiera, sin manos para defenderse, sin poder decidir su propio camino, sin destino, sin futuro…”Juguete del viento”… juguete!
Hoy, que la llovizna está mojando la tarde, y deja mi alma sin voluntad de seguir… de nuevo siento esa terrible sensación de sentirme Barrilete…
Juguete del viento… juguete del destino…

martes, 7 de julio de 2009
La visita de un ángel... (Ninfa Duarte)

Había estado soportando unos días de intenso calor en la ciudad, y los nervios estaban a flor de piel. No sabía por qué, pero en la oficina, yo callaba un largo y tenso silencio o discutía por todo; era como una bomba a punto de estallar.
Nada parecía estar en orden. Como si un manto eléctrico se tendiera sobre mí, como cuando se espera algún acontecimiento importante o bien, algo está sobrando por el entorno.
.......Estaba ya en la segunda semana de supuesto descanso – vacaciones- y nada había cambiado. Llegué a orillas del mar para espantar la morriña y no lo estaba consiguiendo, seguía molesta por todo.
La noche pasada fue terrible, no logré conciliar el sueño. Pensé que sería a causa del calor húmedo, el mal tiempo, los mosquitos, o el ruido de afuera. Pero lo cierto, es que seguía con mis nervios muy tensos.
A la hora del desayuno, todo pasó en el mayor silencio. Maura, que me conocía muy bien, hizo todo en la mesa como para agradarme, yo lo noté, pero no abrí la boca para agradecer. Mi humor no había mejorado para nada.
Al levantarme sólo dije, voy a dar un paseo por la playa. En vacaciones siempre ocupábamos el pequeño chalet que fuera de mis padres, a orillas del mar, en Río das Ostras, a 90 Km. al norte de Río de Janeiro. Una pequeña población de pescadores. El sitio ideal para olvidarse de los problemas de la gran ciudad.
Para mi, siempre fue un verdadero placer dar largas caminatas por la arena lentamente, en las mañanas antes de salir el sol, bordeando las aguas y aspirando profundas bocanadas de aire fresco, con olor a pescado que servía para desintoxicarme y luego un chapuzón en el mar, para volver a casa contenta.
Era sábado y había amanecido gran cantidad de carpas tendidas en la playa. Siempre era sí, los viernes a la noche, llegaban los grupos de bañistas y se adueñaban de las orillas.
La algarabía era total, los mayores trabajaban para dejar lista sus tiendas de playa y los niños correteaban por la arena recolectando conchas y caracoles, que luego los comparaban y reían a grandes voces.
Me quedé mucho tiempo entretenida observando ese trajín cuando sentí que el sol estaba haciendo de las suyas en mi rostro y me puse a caminar lentamente tratando de despejar mi mente.
Noté al poco tiempo, que una calma increíble se adueñó del paisaje, hasta las olas del mar parecían haberse diluido en la arena sin hacer el menor ruido.
No me había percatado que a lo lejos, en el horizonte amarillo, se había formado una franja roja y gris, que se ponía en movimiento hacia la playa. A medida que avanzaba, nos enviaba una brisa fresca muy agradable.
Los cambios de tiempo a orillas del mar suelen ser inesperados. Ya había llegado a una curva bastante alejada del lugar donde se encontraba la casa, y
antes de que pudiera reaccionar y volver, ya la llovizna estaba regando la playa con sus grandes gotas calientes y me obligó a acelerar el paso para ponerme a resguardo.
Miré hacia el mar y la cortina gris era tan espesa que no reconocí el paisaje, que hasta unos minutos atrás era todo verde y amarillo; se había cubierto de un espeso manto mojado, ocultándolo todo; quedé ensimismada contemplando aquel fenómeno. No era nuevo para mi, pero siempre tenía un matiz diferente, un misterio cada vez más profundo.
Unos minutos apenas duró el chubasco, pero suficiente para apagar el fuego que calentaba la arena, y la nube pasajera ya corría veloz hacia otras playas.
Los niños fueron los primeros en reaccionar y salir de nuevo a ocupar la playa y sus gritos llenaron la mañana de aquel lugar ocupado por pescadores y bañistas, deseosos de pasar un lindo fin de semana.
Tanto fue mi embeleso, que había quedado sola, quieta, mirando el vaivén de la gente desde bajo aquel árbol que me sirvió de cobijo.
Una tierna vocecita me sacó del desconcierto, mientras tomaba mi mano, decía: “¿quieres ayudarme a construir un castillo de arena?” Y tiraba mis dedos como suplicando que no me negara.
La miré con un poco de curiosidad y ya mis pies iban tras ella hacia la playa. Al rato me encontré arrodillada en la arena mojada escarbando de aquí, amontonando por allá, ayudada por la niña, hablando y riendo como no lo había estado haciendo desde mucho tiempo atrás.
Era como si hubiera retrocedido un montón de años, hasta aquella época en que pasaba días enteros con mis hermanos construyendo castillos de arena en el mismo sitio que hoy, sin preocuparnos por la hora, ni por el quebranto de mamá, ni por la gente que muchas veces nos rodeaban para admirar nuestro trabajo.
De pronto me encontré jugando con deleite y disfrutando del momento hasta el punto de olvidarme que acababa de cumplir 36 años, desbaratar un matrimonio de 9 años y salir apenas de un problema delicado de salud, que había desembocado en una intervención quirúrgica, de la que apenas me estaba reponiendo. Casi todo al mismo tiempo, en menos de tres meses y quedó como saldo un gran dolor de cabeza, varias cuentas que enfrentar y para colmo, sola.
Otros niños se acercaron para admirar la obra de arte, pero la amiguita que me estuvo acompañando, la misma que me suplicó que la ayudara, se había cansado y sin decir palabras se alejó del lugar. Una actitud típica de los niños.
Me sentí ridícula de pronto sentada allí sola, moldeando la arena. No supe qué decir, a quienes me rodeaban. Sólo atiné a invitarlos a que me ayudaran. Y un rato después, hice lo mismo que había hecho mi amiguita.
Tenía la mente bien despejada y el alma quieta, casi tibia. Una sensación de paz me invadió en el trayecto de vuelta a casa. Demoré el paso tratando de encontrar con la mirada a la niñita pero no lo conseguí.
En el fondo, pensé que fue un ángel que vino a sacarme de aquel marasmo en que estaba estancada desde hacía varias semanas. Sí, un ángel encarnado en esa bella niña de rizos dorados y ojos azules como el mar...
Suspiré profundamente antes de entrar, como queriendo dejar afuera de casa hasta el último atisbo de morriña y me sentí tan liviana que hasta tenía ganas de cantar.
Un ángel me había visitado aquel día para apagar el fuego que ardía en mi pecho, y llevome de paseo hasta mi alegre niñez sin prejuicios y sin quebrantos... Y ciertamente lo había logrado. El agua salada y en aire fresco de los días que siguieron hicieron el resto.
Pasé todo el resto de mis vacaciones paseando por la playa y nadando cada mañana… Nunca encontré a la niña de los rizos de oro y ojitos azules como el mar. Al cabo de una semana volví a mi rutina, ciudad y oficina… pero venía tranquila, preparada para enfrentar cualquier problema. El ángel me ayudó a entender que cada tiempo trae su propio quebranto y que debemos afrentarlos de a uno, sin martirizarnos.
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