viernes, 2 de septiembre de 2011

El niño y la pelota... Ninfa Duarte




Colón y Lérida, una esquina como otra cualquiera de nuestra ciudad, con su caserío humilde y su historia repetida…

En la tarde lila, por la callejuela del barrio pobre, descansaba José Manuel, sentado en el cordón de la vereda, mirando pasar el tiempo con despreocupación. Era domingo de enero, caliente y bochornoso. Una larga siesta se desperezaba sin apuros bajo los árboles de la acera vacía.

Más allá; casi en la esquina opuesta, jugaba embelesado un niño alegre con su pelota , corriendo tras la ilusión… Era tan linda, tan nuevecita, tan colorida… Soñaba, tal vez, ser un gran jugador, quien sabe…

El desafiante sol del verano, ponía una caricia amarilla de calor sobre el paisaje tranquilo. La nota de vida estaba en aquella inocencia que corría contenta arriba y abajo, detrás del balón, con una sonrisa feliz pintada en su rostro.

Jugaba solo y transmitía al mismo tiempo imitando la voz de algún cronista conocido.

Un pase al costado, otro a la derecha, ahora una picadita y después la chilena: la canchita improvisada se convertía a veces en un estadio vibrante de público y él en medio del equipo gambeteando su destino.

-¡Qué poco necesita un niño para ser feliz!

Pero quiso la tarde y su destino que en ese instante, como exhalación, surgiera de la nada el bólido fatídico, negro, cuatro puertas, veloz, cortando el aire… un agudo claxon, el chirriar de frenos, las ruedas que no responden… el niño quedó clavado inmóvil en el pavimento.

La pelota ignorante de todo, siguió su carrera calle abajo, sin mirar atrás, sin saber que ya nadie la seguía para detener su paso. Su destino redondo lo empujaba más allá del dolor. Era el fin del partido aquella tarde.

El coche siguió su carrera asesina, sin importarle nada, ignorante de todo. Una estela de polvo enlutado quedó flotando sobre el asfalto caliente mojado de sangre, en la tarde lila, por la callejuela de la muerte.

José Manuel trataba en vano de encontrar un hálito de vida en aquel montoncito de carne rosada y tibia que temblaba aún entre sus brazos, pero la angustia crecía sin respuesta.

La dama de la guadaña se lo estaba llevando. Levantó la vista buscando ayuda y encontró a todo el vecindario espantado en torno… y por la expresión de sus rostros se convenció que ya no había nada que hacer.

En la tarde lila por la callejuela de aquel barrio pobre, lloraban las vecinas y lloraba la madre; un llanto desesperado, cargado de ¿por que’s? de increíble dolor La fatalidad es muda, no tiene respuestas, sólo llaga sin avisar, y se lleva lo que viene a buscar… ahí va silenciosa con un niño en brazos, caminando lenta, rumbo al más allá.

El pelo revuelto, la sonrisa helada, un hilo de sangre corría de sus labios que hasta hacía un minuto transmitía el partido del siglo, con su vocecita de miel. La corriente fue cortada por una mano invisible, cruel y el partido acabó sin gol.

Duerme el niño junto a la asombrada pelota, un sueño inocente muy cerca de Dios, rodeado de querubines alados que lo invitan a continuar el juego.

Afuera, la pálida luna pone un beso de verano caliente, sofocante sobre aquel dolor, arrastrándose lenta y callada sobre el pavimento celestial, en espera del nuevo huésped.

En la noche morada, por la callejuela, se acerca un cortejo de niños, que silenciosos rodean el ataúd blanco y callado, juntan sus manos elevando una plegaria por el amigo que ya nunca gritará goooool.

Un ángel… una estrella más en el cielo, una madre más que llora en la tierra, una historia repetida en un barrio repetido.

Colón y Lérida, una esquina como otra cualquiera de nuestra ciudad con su caserío humilde y sus niños jugando a la pelota en medio de la calle.







sábado, 2 de julio de 2011

Carta a mi madre...



Para que la leas desde tu morada celestial
Asunción, 15 de mayo de 2011
Querida mamá:

Has de recordar que aquí en la tierra es el día de la Madre; desde las alturas estarás viendo que los jardines han quedado sin flores para llenar las florerías y engalanar los sitios donde se rinden honores a las Madres. En eso nada ha cambiado, mamá
Por las calles, en las oficinas y en las escuelas no se habla de otra cosa, “el día de la Madre”, ¡qué contrasentido! Yo nunca te escuché decir: “hoy es el día del hijo”, no me diste flores un día, mamá... me regalaste el aroma de tu cariño durante toda tu vida, aún cuando ya no estaba contigo.
¿Pretenden que yo me adhiera al “día de la Madre”?, cuando aún me faltan mil años y llenarlos de dulzuras, para hacer que te olvides de mis desobediencias y mis rebeldías; todavía me faltan mil amaneceres y llenarlos de frescura para apagar el fuego de los ardores con que la vida calentó tu cuerpo; me faltan mil caricias para calmar tus llantos y llenarte de besos después de cada caída, como lo hacías conmigo; cuando aún no he recorrido todos los diccionarios para encontrar la palabra adecuada en el instante preciso, como la tenías tú; cuando aún me faltan mil noches de sueño a tu lado para acunarte por aquellos que amaneciste apoyada en mi almohada mientras la fiebre daba saltos en mi cuerpo enfermo; necesito mil noviembres para adorarte de rodillas porque a riesgo de la tuya, me diste la vida...

¡Cómo me piden que yo pague tanto amor con una flor cada año?
Madre querida: tú que velas por mi y bendices mi camino, perdona este descontrol, pero mi alma se siente acongojada por las Madres que solo reciben una flor cada año en pago de tanto amor.
Yo en cambio te ofrezco, madre, el nido tibio que tengo en un rinconcito de mi corazón, convertido en altar, para que descanses en él y encuentres el alivio a tu espíritu; allí te encontrarás con ese Dios que me enseñaste a amar, y Él con su infinita bondad y misericordia limpiará tu alma de ingratitudes para que brilles en la estrella más luminosa de ese cielo que disfruto cada noche.

¡Feliz vida en tu morada celestial, madre querida!!

Tu hija bañada en llanto porque te extraña cada día más

Ninfa

sábado, 10 de julio de 2010

Barquito de papel... Ninfa Duarte

Con las hojas de diario que papá desechó el día que ordenó su biblioteca; las más lindas, con paisajes coloridos; llena de dibujos y letras grandes. Hice mi barquito de papel, con mucho empeño y gran emoción. Era en buque, sin motor ni timonel, pero hermoso de verdad!
Con crayolas, pinceles, y todo mi orgullo de niña, dibujé una bandera de tres hermosos colores, la corté por los bordes y en el mástil. Con cautela, la instalé, ayudada por un palito de dientes y algo de plasticola. Cuando estuvo terminado, lo miré por todos lados, buscando algún detalle que pudiera agregar. Ya no tenía más tiempo y fui a guardarlo en el desván, como un trofeo lo oculté para que nadie lo viera.

Conocen ustedes esos momentos en que guardamos en el pecho, un secreto, pensando que todos nos miran porque ya lo descubrieron?

Yo pasé varios días así. Mirando de reojo a papá y esperando alguna pregunta de mamá, pero sin embargo, iban pasando los días y nada sucedía; para bien o para aumentar mi emoción; hasta aquel día de frío invierno en que papá no me llevó a la escuela porque amaneció lluvioso.

Escuché a mamá cuando le decía a papá: “no conviene que vaya hoy a clases, se puede resfriar. Yo me encargo de avisar a la maestra. No te preocupes”

El recuerdo de mi barquito guardado en el desván, me hizo temblar de emoción, y veloz, saltando las gradas de dos en dos, llegué a la buhardilla, sin que nadie me viera. Sorteando las telas de araña, fui hasta el viejo escritorio negro que en otro tiempo era de mi abuelo, tomé el trofeo entre mis manos y volví con él a mi cuarto. Caminando de puntillas; me encerré a esperar el momento adecuado, ¡cuánta emoción!

Con la nariz pegada al gran ventanal, miraba los hilos plateados que caían en tropel, como si quisieran ganarse unos a otros; el tiempo me pareció una eternidad, esperando que el raudal subiera lo suficiente.

Justo cuando la lluvia arreciaba, y todos en la casa estaban entregados a sus respectivas ocupaciones, me escapé por el balcón, a escondidas de mamá, y en el río impetuoso que cruzaba de una vereda a otra, mi barquito deslicé. Como si pudiera escucharme, le dije: ¡navega barquito!... navega!

Volví corriendo al balcón para verlo navegar y… Oh, sorpresa! Mi barquito de papel era más veloz que un rayo! Tan ligero, que nadie diría: no tiene motor!

Trepé pos las rejas de la ventana para mirarlo, pero era más rápido de lo que pensaba, tanto que el viaje duró apenas unos instantes. Yo lo veía alejarse cada vez más, como deseoso de llegar al mar.

Pero, en la esquina de mi casa, se juntaban los raudales y formaban remolinos de agua roja y espumante; era como un río vertiginoso!

Mi navío con su bandera al aire, cruzó la plaza, una calle y otra y otra más…

Enarbolando con orgullo la hermosa tricolor, dando tumbos y curvitas, todo mojado por debajo y empapado por arriba, con un revoltijo de dibujos y letras de colores; golpeado y maltrecho, buscando el borde, seguía la corriente que lo llevaría “al mar”, en peligrosa posición inclinada como un buque que había sido bombardeado y a punto de naufragar.

Mi emoción crecía, y al mismo tiempo iba naciendo una decepción, al percatarme que la diversión llegaba a su fin.

Cuando lo perdí de vista, allá por el callejón, la lluvia estaba cesando, los niños del vecindario uno por uno, ya iban saliendo a las veredas, haciendo bullicio, e invitándose unos a otros para jugar con sus respectivos barquitos de papel…

Intenté formar parte del grupo, pero me di cuenta que ya no podía. Yo me quedé sin diversión, pues el mío se perdió con mi efímera ilusión de llegar al mar.

Sólo me quedó un par de zapatos mojados, la camisa remangada y la pálida alegría de un minuto de ensoñación que guardaba entre mis manos apretadas, escondidas en el fondo de los bolsillos de campera marrón.

Y en la garganta un vacío amargo por la frustración de mi hermoso sueño, que se esfumó apenas al comenzar…

sábado, 26 de junio de 2010

¡Feliz cumpleaños mamá!... NInfa Duarte

Tarde de invierno, pero sólo el calendario lo recordaba. Como esas indefinidas tardes de vacaciones. Con un débil sol entibiando el alma, unas ansias antiguas de recorrer distancias y aspirar aire nuevo, para reanimar el cuerpo cansado y darle aliento a mi existencia…


Uno de esos momentos especiales, que necesitan tratamientos especiales. De esos que se repiten a cada tanto y que remueven las fibras lánguidas del corazón. Recuerdos de momentos ya idos, pero que dejaron a su paso profundas huellas , pero tiernas, como suaves plumones amarillos, eternizados en el cofre de la memoria .

Sin destino alguno, iba manejando mi “cachorro” como llamaba a mi pequeño autito. Se deslizaba como abandonándome a mis sueños. El asfalto negro y caliente insaciable parecía devorar las distancias…


Miré el velocímetro – 70 km/h, ritmo ideal para deleitarme con el paisaje, llenar mis pulmones del oxígeno verde y fresco e incentivar mi imaginación, que me permitía en ese momento, volver a acurrucarme mimosa en el regazo de mamá. Sólo que esta vez

la realidad era otra; ella no estaba para recibirme.


Esta soledad repetida era tan especial y tan mía.

El sol en el poniente lejano, pintaba de rojo fuego el ocaso, invitándome a seguir eternamente hacia adelante, hasta encontrar aquel preciso lugar donde se unen el cielo y la tierra.

Sacudiendo la cabeza, volví a la realidad, sabía que era hora de regresar a casa, pero mis pies estaban adheridos al acelerador y la ruta caprichosa seguía corriendo subyugante en sentido contrario, volviéndose cada vez más negra, cada vez más vieja…


Detuve el coche con pereza, a la vera del camino, sin ganas me disponía a regresar entonces aparecieron aquellas estrellitas transparentes en el parabrisas, una tras otra y cada vez más menudas, La tarde se obscureció de golpe y la sombra me tomó entre sus brazos envolviéndome con su aliento tibio de tierra mojada y pasto verde.

Lentamente como vine, giré y volví para retomar el camino. Aquel sitio era hermoso y no podía dejar de disfrutarlo antes de partir. Di el último vistazo al bello paisaje… era como si la tarde no quisiera morir en aquel rincón del mundo.



La llovizna caía tranquila sobre el campo. Cerré las ventanillas, y un escalofrío recorrió mis venas, no sé si cambió el tiempo o si un duende pasó a mi lado.


Mi mente comenzó un viaje al pasado; ¿Cuánto tiempo había pasado desde aquella noche? Ya no lo recuerdo; pero todo es tan parecido! Los mismos sentimientos o parecidos; idénticas circunstancias y la misma llovizna tibia y mansa…

Recuerdos… la única diferencia es que la vez anterior yo iba sentada en el asiento contiguo -no manejaba como ahora- iba cerrando los ojos en callada oración, y él manejaba, veloz, como siempre, sin palabras.

Esa tarde el Doctor nos había entregado el resultado del análisis: positivo!

Y nada más escucharlo, nos dirigimos a Ka’akupe para dar gracias a la Virgen por el maravilloso regalo, después de seis años de espera, Una hija!


Recuerdo que caía la tarde cuando regresábamos por la serranía, en silencio como siempre, pero en íntima comunión, Los momentos vividos de inenarrable alegría y ternura, el ocaso rojizo y la suave brisa, hizo que cada cual penetrara en su interior y diera rienda suelta a sus sentimientos, que en aquel instante eran uno sólo. Conjugando ilusión y esperanza.


Recién, cuando el vidrio se llenó de estrellitas transparentes, como hoy, nos dimos cuenta que había comenzado llover y nos apresuramos a cerrar las ventanillas. Parecían tardes gemelas, pero separadas por treinta años de olvido.



Tardes en las que la ternura se apodera del alma y la envuelve con su manto de suave dulzura y tímida añoranza… Seguí corriendo…


Las primeras luces de la ciudad iban pasando veloces por el costado del camino. Se acabó la tarde, y se acabó el ensueño. Volví al presente recién cuando doblaba la esquina de mi destino final.

Ya casi llegaba a casa, y me dispuse a completar la jornada, Pasé por la confitería; tenía ganas de tomar una taza de chocolate caliente con facturas recién horneadas para recrear mi alma. El momento se prestaba para ello.


Dejé el auto en el garaje y entré a disfrutar del último momento de soledad y ternura. Preparé una mesa para dos, pero me senté sola y levantando la taza humeante y aromática, hice un brindis secreto con el pasado; era 10 de enero de un año cualquiera, lejano y nostálgico.

Guiñando un ojo al retrato desde donde Guille me sonreía, con una dulce sonrisa, vestida de gala en la noche de sus bodas de plata, le dije:

¡Felicidades mamá! Quiero que sepas que te quiero mucho y siempre te recuerdo con gran cariño.


Hoy agregué una rosa más a tu búcaro preterido y ya son doce. Tantas como los años de tu viaje al más allá, y sin embargo estás a mi lado como antes, como siempre.

Hoy como ayer sigo sintiendo la misma necesidad de tu regazo…

¡Feliz cump0leaños mamá!

viernes, 2 de octubre de 2009

La torta de Pepito... Ninfa Duarte



Ayer fue el cumpleaños de Pepito, el gordito comilón del “pre”. Su mamá trajo bombones, galletitas, caramelos, las bolsitas de sorpresas. Globos, cornetas y pitos; un cubo de chocolate y cientos de bonetitos, ¡un cumpleaños de verdad!
El aula parecía una bañera llena de burbujas coloridas… los globos llenaban las pareces, las ventanas y hasta el techo. La fiesta estaba hermosa, con música y cantos.
Llegó su papá trayendo la torta; era de chocolate!!. La más hermosa torta que yo había visto en seis años!. Una cancha de futbol con once jugadores. La pelota era un bombón, que al bajar sobre la mesa desapareció en la boca de Pepito, por supuesto! y todo el mundo gritó gooooll!!, la risa fue general, la maestra comenzó el canto y todos la seguimos… Que lo cumplas feliz!! Un coro divino de pícaras voces, algo desentonado, pero lleno de risas sin dientes… bueno de verdad.
Al terminar la canción, la mami de Pepito repartió la torta y comenzó el festín. Todas las caritas inocentes mostrando manchitas marrones en sus mejillas. Rocío, la más pequeñita, tenía chocolate hasta por la oreja, sus manos, su uniforme y en la punta de la nariz; cuando Luisito la miró, estalló en carcajadas, todos los niños la apuntaban con sus deditos sucios y reían sin cesar,
Pepito se puso a observar dejando de lado su torta, que ya iba por la tercera porción. Todos teníamos la cara llena de manchas de chocolate y nos chupábamos los dedos tratando de limpiarlas; otros ensuciaban las mangas fregándose los labios y entre risas y carcajadas, fue pasando la hora.
Abundaban las cachadas, cuando llegó la mamá de Juani y comenzó el sermón: ¡cómo te ensuciaste tanto? … Mira tus manos roñosas!... qué cara tan sucia!... mira tu camisa!... y ta…ta…ta… ya verás cuando lleguemos a casa!… uff
Todos nos vimos de pronto en la misma situación y tratamos por todos los medios de limpiar esas manchitas rebeldes que estaban por todas partes, y cuando más lo intentábamos, ellas caprichosas se agrandaban y pasaban de un lugar a otro, como si se burlaran de nosotros. Iban llegando las mamás y las niñeras; todos los compañeros salían con la cara triste y los oídos llenos de amargos reproches.
Al fin me tocó el turno, vino a buscarme papá, cuando ya estaba acabando la fiesta, bajando mucho la cara y con las manos metidas hasta el fondo del bolsillo, me presenté muy sumiso. Hola papi… Él se paró en la puerta, pegó un vistazo al aula que estaba quedando vacía de niños, pero llena de desperdicios; un verdadero revoltijo de cosas.

Con una mano muy suavemente me tomó de la barbilla, levantó mi rostro hasta mirarme a los ojos… vi en los suyos el asombro; abrió grande los ojos, se calló un instante tratando de identificar los mapas que había dibujado en mi rostro el chocolate, y estalló en carcajadas.
Al fin pude respirar! Mi papito se acordó que él pasó por lo mismo cuando cumplió seis años… y no pudo regañarme. Nos pusimos de acuerdo, y fuimos a casa de abuelita para borrar los vestigios de tan hermosa fiestita.
Llegamos tarde a casa ese día llevándole a mamá una caja de bombones y por encima del hombro, papá me guiñó un ojo. Nuestro pacto quedó sellado, mamá nunca sabría el secreto de la torta de Pepito, porque yo, de puntillas, por detrás del abrazo de papá. Dirigí mis pasos hasta el cuarto, rápido como un rayo, me despojé del guardapolvo y con la mejor de mis sonrisas se lo entregué a Mary para que lo lavara.
Ya vestido de otro modo, regresé el cuarto de costuras, donde mamá daba puntadas y canturreaba despacito; estampé un beso en la mejilla de mami y con una candidez “insoportable”, suavecito balbucí: me das un chocolate mami?




miércoles, 2 de septiembre de 2009

Sueño de amor de Liszt... Ninfa Duarte


Se deslizaban perezosamente mis dedos sobre el teclado amarillo de viejo marfil… “Sueño de amor de Liszt” en mis recuerdos, tristona; mientras yo cerraba los ojos y recorría mi vida en ráfagas de añoranza de aquellos momentos dulces al lado de mi madre.
Los años de la infancia y la juventud, vividos plenamente con mis padres y mis hermanos. Una casa donde la palabra de mamá era lección, remedio, caricia y a la vez amiga incondicional, en las buenas y en las malas, con los chicos y los grandes; y papá el apoyo permanente y palabra decisiva al lado de mamá, para dar fuerza a todo lo que ella decidía. Una amalgama de cariño y fuerza, dulzura y sostén.
Ella era el eje de nuestras vidas, todo giraba en torno suyo. Nos envolvía en un lazo amoroso e indestructible, que la tornaba imprescindible a todos. La gran mamá!
Apretaba la sordina para que las notas no se escaparan por las ventanas, las quería adentro, muy íntimas, solo para los dos… papá y yo. Quería inundar nuestras almas de música para aplacar el dolor que nos embargaba desde la muerte de mamá.
Cada vez que llegaba al “trino”, tenía que repetir, porque tropezaban mis dedos; muchas veces sucedió así. Como si estuviera viendo la media sonrisa de papá cuando me decía “ese es el trozo que más me gusta”. Pienso que lo hacía para que yo no me sintiera tan mal por los repetidos errores.
Él escuchaba una y otra vez con la vista perdida en algún lugar lejano del horizonte, mientras balanceaba suavemente su cuerpo en la mecedora. Eran momentos muy suaves e intensos a la vez, pero muy tristes.
Mozart, Chopin, Beethoven, se paseaban todas las tardes por la amplia sala de la casa paterna, para entronizar la tristeza en nuestros corazones y poner crespones negros por las ventanas, al tiempo que pintaban las paredes con suaves sonatas y rapsodias, con dulces preludios o complicadas sinfonías, que muchas veces fueron cortadas por las lágrimas.
Desde hacía tres meses, todos los atardeceres eran idénticos. Como si quisiéramos eternizar un tiempo que se deslizaba de nuestras manos y estaba cada vez más lejano, pero no por ello, menos doloroso.
La añoranza se viste, muchas veces, con trajes increíbles y extravagantes, como éste que vivíamos cada tarde mi padre y yo.
Nos habíamos quedado tan tristes cuando ella falleció, que optamos por refugiarnos en el teclado cada tarde para ahogar la añoranza… más ésta flotaba.
Mi hermano nos visitaba algunas tardes, pero siempre se despedía diciendo: no pueden seguir así. Ni siquiera a mamá le hubiera gustado lo que está pasando con ustedes. Tienen que tratar de superarlo.
Hasta que llegó el verano, y con él, las vacaciones. Un día, sin haberlo pensado mucho, sucedió algo muy bueno; la invitación surgió de parte de mi hermano y su familia. Los niños terminaron por convencer a papá. Laurita, la más pequeña, se trepaba en sus rodillas y le llenaba de besos mientras repetía: di que si abuelito?... di que si?? Hasta que papá cedió.
Nos trasladamos a Ca’acupé, a la vieja casa de campo de la familia. Los primeros días estuvimos muy ocupados, limpiando y arreglando cosas. Salíamos de compras con mi hermano y sus hijos, mientras papá visitaba a los vecinos y amigos. En fin, el trajín nos hizo olvidar de la rutina.
Terminábamos el día, cansados, laxos y ya sólo pensábamos en dormir, En ningún momento sentí deseos de acercarme al piano, es más, papá no me lo pidió desde que llegamos. Esa es una buena señal, me dijo un día Víctor, mi hermano.
Sentí un alivio, ya que aquella rutina no constituía una cura para el corazón, dolorido de papá, y tampoco lo era para mi; pero me había acostumbrado a ella y me costaba abandonarla.
Llegó el cumpleaños de papá y mi hermano le regaló una hermosa caja con caballitos de marfil, “un juego de ajedrez”. Papá quedó muy feliz y desde ese día nos turnábamos para tratar de ganarle el juego, pero nadie lo había conseguido. Los chicos le llamaban “campeón”, y él por primera vez después de mucho tiempo, reía con ganas. El tratamiento estaba dando buenos resultados. El ánimo de papá estaba cambiando notablemente.
Una tarde se acercó mi hermano y me dijo: ya las vacaciones están terminando, una cosa quiero pedirte, por tu bien y el de papá. Cuando regresemos a Asunción, no empieces de nuevo con aquella rutina de los conciertos vespertinos. Puede convertirse en una obsesión y después será más difícil volver atrás. Papá está mucho mejor y mamá te lo agradecerá, piénsalo.
Siguió a sus palabras, un largo silencio, interrumpido los Laurita que entraba corriendo a la sala seguida por su hermanito y gritándome: tía… tía… Luis me quiere pegar!
Era el empujón que faltaba, yo entré en razón, al darme cuenta que en la vida había muchas cosas en torno mío indicándome que ella continúa su rumbo y que tenía cosas importantes en que ocupar mi tiempo. Tomé en brazos a Laury y salí con ella al patio, donde comencé a planear ni vida y la de papá de tal modo que no sobrara aquel momento libre por las tardes.
Después de aquellas vacaciones, nuestras vidas siguieron muy unidas, pero tomaron un rumbo diferente; todo cambió para bien. El recuerdo de mamá era algo que no podríamos ocultar, pero se volvió tranquilo y tierno. Ya había tomado su sitio dentro de nuestras vidas.
Hasta mi hermano y su familia sintieron la diferencia, porque las visitas menudearon y nuestras relaciones mejoraron muchísimo. Papá consiguió un compañero de juego para desquitarse en el ajedrez; un vecino a quien tenía un aprecio muy especial y con el que se pasaban tardes enteras compitiendo. Una verdadera tabla de salvación.
Ahora sólo me acerco al piano cuando en las tardes lluviosas la nostalgia golpea a mis puestas y se desliza hasta acomodarse entre las teclas del viejo piano. Pero, el recuerdo de mamá sólo se pasea entre nosotros y luego se va a ocupar el lugar de las memorias más bellas de nuestras vidas. Y desde allí nos envía una hermosa sonrisa de aprobación.
Hasta los recuerdos más queridos tienen su dosis de dolor antes de instalarse donde vivirán para siempre.
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