viernes, 2 de octubre de 2009

La torta de Pepito... Ninfa Duarte



Ayer fue el cumpleaños de Pepito, el gordito comilón del “pre”. Su mamá trajo bombones, galletitas, caramelos, las bolsitas de sorpresas. Globos, cornetas y pitos; un cubo de chocolate y cientos de bonetitos, ¡un cumpleaños de verdad!
El aula parecía una bañera llena de burbujas coloridas… los globos llenaban las pareces, las ventanas y hasta el techo. La fiesta estaba hermosa, con música y cantos.
Llegó su papá trayendo la torta; era de chocolate!!. La más hermosa torta que yo había visto en seis años!. Una cancha de futbol con once jugadores. La pelota era un bombón, que al bajar sobre la mesa desapareció en la boca de Pepito, por supuesto! y todo el mundo gritó gooooll!!, la risa fue general, la maestra comenzó el canto y todos la seguimos… Que lo cumplas feliz!! Un coro divino de pícaras voces, algo desentonado, pero lleno de risas sin dientes… bueno de verdad.
Al terminar la canción, la mami de Pepito repartió la torta y comenzó el festín. Todas las caritas inocentes mostrando manchitas marrones en sus mejillas. Rocío, la más pequeñita, tenía chocolate hasta por la oreja, sus manos, su uniforme y en la punta de la nariz; cuando Luisito la miró, estalló en carcajadas, todos los niños la apuntaban con sus deditos sucios y reían sin cesar,
Pepito se puso a observar dejando de lado su torta, que ya iba por la tercera porción. Todos teníamos la cara llena de manchas de chocolate y nos chupábamos los dedos tratando de limpiarlas; otros ensuciaban las mangas fregándose los labios y entre risas y carcajadas, fue pasando la hora.
Abundaban las cachadas, cuando llegó la mamá de Juani y comenzó el sermón: ¡cómo te ensuciaste tanto? … Mira tus manos roñosas!... qué cara tan sucia!... mira tu camisa!... y ta…ta…ta… ya verás cuando lleguemos a casa!… uff
Todos nos vimos de pronto en la misma situación y tratamos por todos los medios de limpiar esas manchitas rebeldes que estaban por todas partes, y cuando más lo intentábamos, ellas caprichosas se agrandaban y pasaban de un lugar a otro, como si se burlaran de nosotros. Iban llegando las mamás y las niñeras; todos los compañeros salían con la cara triste y los oídos llenos de amargos reproches.
Al fin me tocó el turno, vino a buscarme papá, cuando ya estaba acabando la fiesta, bajando mucho la cara y con las manos metidas hasta el fondo del bolsillo, me presenté muy sumiso. Hola papi… Él se paró en la puerta, pegó un vistazo al aula que estaba quedando vacía de niños, pero llena de desperdicios; un verdadero revoltijo de cosas.

Con una mano muy suavemente me tomó de la barbilla, levantó mi rostro hasta mirarme a los ojos… vi en los suyos el asombro; abrió grande los ojos, se calló un instante tratando de identificar los mapas que había dibujado en mi rostro el chocolate, y estalló en carcajadas.
Al fin pude respirar! Mi papito se acordó que él pasó por lo mismo cuando cumplió seis años… y no pudo regañarme. Nos pusimos de acuerdo, y fuimos a casa de abuelita para borrar los vestigios de tan hermosa fiestita.
Llegamos tarde a casa ese día llevándole a mamá una caja de bombones y por encima del hombro, papá me guiñó un ojo. Nuestro pacto quedó sellado, mamá nunca sabría el secreto de la torta de Pepito, porque yo, de puntillas, por detrás del abrazo de papá. Dirigí mis pasos hasta el cuarto, rápido como un rayo, me despojé del guardapolvo y con la mejor de mis sonrisas se lo entregué a Mary para que lo lavara.
Ya vestido de otro modo, regresé el cuarto de costuras, donde mamá daba puntadas y canturreaba despacito; estampé un beso en la mejilla de mami y con una candidez “insoportable”, suavecito balbucí: me das un chocolate mami?




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